-¿A Fort?-
-¡Nooo! ¡Darín!
La obra terminó y un conocido suyo nos llevó a la salida de los camarines. Yo seguía llorando de emoción a moco tendido. Se me cayó al piso un Sugus confitado color rosa y me agaché a recuperarlo porque sólo quedaban dos de limón. Cuando levanté la vista, él estaba parado justo delante de mí. Y me incorporé como chasco de lata con sorpresa.
-Santas cacatúas- dije hacia mis adentros y abrí muy grandes los ojos al mismo tiempo que inhalé aire demasiado profundo por la nariz. Tanto que me híper ventilé y me desvanecí.
Estaba en el camarín con Ricardo Darín. Sabía que si reaccionaba en ese momento me sacarían a patadas y yo quería quedarme un rato más con él. Asíque continué con una muy buena interpretación de confusión mental y mareo típicos después de haber sufrido un desmayo.
Se me acercó y estrechó sus labios contra mi frente, como quién besa a un niño afligido en llanto por el globo inflado con gas helio que se le soltó. –Me parece que ya estás mejor, te cambió el color de la cara- me dijo. – Si, creo que sí- resigné. Mi conmoción no permitió sostener mi personaje y emprendí mi retiro hacia las afueras de su camarín. Nada de lo que pudiera decir en ese momento me servía para sacar provecho a la situación.
Antes de salir me tendió un pañuelo de tela porque me había pintado los ojos y tenía maquillaje corrido hasta en las orejas, producto del llanto desenfrenado. Sólo le agradecí, lo besé en la mejilla y le dí un apasionado abrazo.
Al salir a la vereda del teatro recordé que había ido a ver la función acompañada. Miré hacia todos lados y mi amigo ya no estaba, se había ido sin mí. Pero no me molestó. Entonces fui hasta la avenida y grité -¡Taxi!- levantando mi mano. Fui a mi casa y me acosté en mi cama, sin poder pegar un ojo, tan sonriente que al otro día me dolía la mandíbula.
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