EL CAMARÍN DE DARÍN

Nos comimos una caja de Licor-Fort. -Chocolate con licor porque hace bien al corazón-. Me dijo mi amigo mirando en el teatro a Ricardo.
-¿A Fort?- 
-¡Nooo! ¡Darín!
La obra terminó y un conocido suyo nos llevó a la salida de los camarines. Yo seguía llorando de emoción a moco tendido. Se me cayó al piso un Sugus confitado color rosa y me agaché a recuperarlo porque sólo quedaban dos de limón. Cuando levanté la vista, él estaba parado justo delante de mí. Y me incorporé como chasco de lata con sorpresa.
-Santas cacatúas- dije hacia mis adentros y abrí muy grandes los ojos al mismo tiempo que inhalé aire demasiado profundo por la nariz. Tanto que me híper ventilé y me desvanecí.
Luego recuerdo que intentaba volver en mí, mientras escuchaba una voz en off grave y profunda, y la caricia de una mano en mi frente, que jamás olvidaré, me despabiló dulcemente. Abrí los ojos y ví los suyos, celestes como el agua de una piscina. -¿Estás bien?- me preguntó. Por suerte un pensamiento perspicaz me avasalló –No ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy?- pregunté, cuando en realidad sabía muy bien lo que estaba pasando y donde.

Estaba en el camarín con Ricardo Darín. Sabía que si reaccionaba en ese momento me sacarían a patadas y yo quería quedarme un rato más con él. Asíque continué con una muy buena interpretación de confusión mental y mareo típicos después de haber sufrido un desmayo.
Muy amablemente me ofreció un vaso de agua que bebí sin respirar en seis abundantes tragos. Por más de doce segundos no emití palabra alguna. Él tampoco dijo nada. Sólo me miraba. Y yo a él. Con la misma expresión de la primera vez que lo ví fuera del camarín.
Se me acercó y estrechó sus labios contra mi frente, como quién besa a un niño afligido en llanto por el globo inflado con gas helio que se le soltó. –Me parece que ya estás mejor, te cambió el color de la cara- me dijo. – Si, creo que sí- resigné. Mi conmoción no permitió sostener mi personaje y emprendí mi retiro hacia las afueras de su camarín. Nada de lo que pudiera decir en ese momento me servía para sacar provecho a la situación.
Antes de salir me tendió un pañuelo de tela porque me había pintado los ojos y tenía maquillaje corrido hasta en las orejas, producto del llanto desenfrenado. Sólo le agradecí, lo besé en la mejilla y le dí un apasionado abrazo.
Al salir a la vereda del teatro recordé que había ido a ver la función acompañada. Miré hacia todos lados y mi amigo ya no estaba, se había ido sin mí. Pero no me molestó. Entonces fui hasta la avenida y grité -¡Taxi!- levantando mi mano. Fui a mi casa y me acosté en mi cama, sin poder pegar un ojo, tan sonriente que al otro día me dolía la mandíbula.

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