Es la primera vez que tengo balcón, con un gran ventanal a la calle, donde poner plantas, fumar un cigarrillo, tomar sol, o hacer actividades hogareñas u otras al aire libre.
Uno de los mediodías, encontré sobre el acolchado violeta de mi cama un pequeño gusanito que vino de viaje en una frazada la cual el día anterior había llevado a lo de unas amigas donde había hecho noche. Yo tenía que volver con la cobija a mi casa y la llevé conmigo al paseo que dimos por la tarde en el Parque Centenario. Usamos la frazada para taparnos cuando bajó el sol. Puedo estar segura de que ese fue el momento en que aquel insecto invertebrado trepó a lo que sería su transporte a mi cama.
Desde niña padecía de una fobia a estos pequeños seres, y para quitarlo de allí usé mi teléfono celular. No! No llamé pidiendo auxilio, lo utilicé como pala o utensilio para poder tirarlo por el balcón. En mi desesperación y apuro por arrojar al repugnante bicho por los aires no me acordé que había cerrado el paño del ventanal y me lo llevé puesto por delante dejando caer nuevamente al suertudo gusano en mi parquet encerado (a pie). Pero esto dejó de ser problema cuando vi que la vecina del edificio de enfrente había visto rebotar mi cara contra el vidrio por lo que me escondí en la cocina sin asomar a la ventana muerta de vergüenza.
Me miré en el espejo para ver si no se me había hecho un chichón. Después agarré un abrigo y me fui al supermercado.
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