CRÓNICAS DESDE EL OBELISCO

Son las cinco de la tarde. El viento atraviesa Diagonal Norte y avenida 9 de Julio. El sol se esconde a mis espaldas detrás de los edificios.
El obelisco extrañamente decorado en su extremo más alto se encaja por detrás de un farol verde inglés sobre el que se posa una paloma de plumas tornasoladas.
Una pantalla de alta definición hipnotiza con publicidad de bebida cola al menos a cinco personas sentadas en un banco de cemento, entre las que yo me encuentro.
Gente que terminó su jornada laboral hace cola y espera su combi en la esquina para volver a su casa en provincia. Un mobilero y un camarógrafo de trajes aleopardados y gafas de sol llegan allí para entrevistarlos. Algo en sus formas me hace deducir que pertenecen a un programa de TV de contenido deportivo.
La gran avenida es un mar de coches de brillantes luces rojas que cada minuto se abre para ser atravesada velozmente por centenares de peatones. Desde la esquina de enfrente Mc Donalds me guiña un ojo y me recuerda la hora de la merienda. Hoy con hambre y sin un mango, lo ignoro.
En la otra cuadra, volanteros chasquean volantes para llamar la atención visual de los peatones y no logran entregar ni uno. Cada tanto suena una corneta con los colores celeste y blanco,esperando ser vendida por un vendedor ambulante que luce un gorro en forma de pelota con los mismos colores.
Cayó la noche. La pantalla, la luces, lo sonidos y el tránsito se hacen más intensos. El frío también. Y yo espero ahí sentada, en medio de todo ese colorido caos y observo cada detalle. Llego a mi casa, lo asimilo, lo vuelvo mío. Después lo dejo ir en letras.













No hay comentarios:

Publicar un comentario